BEBÉS ¿CULTOS?

¿A qué edad aprendió su hijo a leer? ¿Cuándo comenzó a hablar? ¿Qué estímulos recibió de su parte? ¿Fue a la guardería? ¿Le sirvió para algo? ¿Sabe contar con facilidad? ¿Cuesta entender a su hijo? ¿Se expresa con facilidad? Hace un tiempo leí en una revista que los bebés nacen sabiendo hablar, pero que no hablan porque no sienten la necesidad. Imagínese un mundo donde los infantes nacen habando, ¿se los imaginan diciendo este agua está fría?, ¿tengo miedo?, ¿mami, me duele la barriga?, ¿quiero leche?, ¿tengo ganas de vomitar?. Seguramente, esto sería el paraíso para las figuras paternas, los llantos indescifrables que nos mantienen en vela durante horas  serían innecesarios, no necesitarían llorar para avisarnos de que algo les pasa, sólo bastaría con que nos lo comunicasen verbalmente. Pero esto es algo muy distante de la realidad. Lo cierto es que muchos niños no hablan hasta edades más o menos tardías, a los tres comienzan a “leer” y “contar”, tardando tres años para chapurrear unas letras mal nombradas y contar hasta 15 saltándose algunos números, pero, ¿es esto normal?, ¿o acaso somos nosotros que no sabemos potenciar la capacidad de nuestras hijos?

A esas edades, los bebés están en su mejor etapa de desarrollo cerebral, el cerebro comienza a asentar las bases que vivirán con el individuo para los restos. Un buen estimulante es la literatura infantil. En contra de lo que muchos opinan, la literatura infantil no debe de usar un lenguaje básico, no se le debe educar a que “tete” en lugar de “chupete” es una opción válida para hablar, eso sólo empobrecerá su lenguaje. Se pueden encontrar con situaciones y frases que aún no comprenden, eso le creará retos y le fomentará la imaginación.

Otros estimulantes son la música y el teatro. De hecho, la música es imprescindible para su desarrollo motriz, sensorial, auditivo e intelectual. Si este estímulo lo comparten con sus progenitores será una actividad más interactiva, los estímulos serán mayores, y por tanto, la respuesta más rica.

Concluyendo, he de recalcar que este aprendizaje debe de ser divertido, si pretendemos que un niño de un año se siente delante de una pizarra y comience a repetir “Esto es A, venga dilo, A”, podemos esperar sentados porque posiblemente no aprenda nada. Si el aprendizaje es aburrido el infante desconectará, ya que, sobre todo en estas edades, lo que importa es que llame la atención y sea divertido. Por lo que propongo que si nuestra intención es que nuestro hijo aprenda el abecedario, los números o cualquier otra cosa se lo propongamos como un juego divertido y llamativo que le haga aprender “sin darse cuenta”, como se suele decir.

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